• twitter
  • Facebook

Nota: Erick Cortés
Ilustración: Gabriel Espinosa

Están presentes en casi todas las culturas ancestrales del mundo: en oriente, Europa y hasta en Mesoamérica son comunes las leyendas que describen a seres de apariencia semejante a un cadáver, con una piel pálida que solían proteger del sol con largas túnicas, y cuya boca ensangrentada delataba su atroz forma de vivir.

Cada cultura les dio un nombre distinto. En China, por ejemplo, eran conocidos como los Jian Shi; los mayas los llamaban úukum soots; y tanto en Europa como en el mundo moderno se les conoce como vampiros. Durante siglos, el folclor popularizó la creencia de que estos seres eran cadáveres resucitados que evadían a la muerte bebiendo la sangre de los vivos.

Con el paso del tiempo, la investigación médica ha logrado explicar algunas enfermedades que causan cuadros clínicos similares a la descripción mitológica de los vampiros, lo que sugiere que estas leyendas pudieran tener un tinte verídico. Una de estas patologías es la porfiria, una condición que afecta la producción de unas moléculas llamadas porfirinas, que son importantes para la formación de la hemoglobina.

Además de una deficiencia de hierro (anemia), la cual se presenta con un característico tono pálido de la piel, este desorden metabólico ocasiona que las porfirinas se depositen de forma anormal en los tejidos, dando lugar a los síntomas característicos del vampirismo. Por ejemplo, las porfirinas libres en la piel pueden absorber la luz del sol para aprovechar su energía, pero cuando se concentran en exceso oxidan los tejidos y causan lesiones como ampollas, irritación y quemaduras. Por esta razón, algunos pacientes visten con ropa larga que los protege de la luz solar, o incluso desarrollan un estilo de vida nocturno.

Las porfirinas también pueden acumularse en la dentina y teñir los dientes de color rojizo, aparentando tener sangre en la boca. En los casos más serios, es posible que se desarrolle pica, una conducta caracterizada por un deseo instintivo de ingerir sustancias que no son comestibles para compensar la deficiencia de hierro, tales como cabello, tierra, objetos de metal y sangre.

La mayoría de las porfirias son enfermedades congénitas, aunque casi todas las personas que son portadoras de los genes anómalos nunca llegan a presentar síntomas. También puede adquirirse por factores que alteran el metabolismo, como el alcoholismo, el tabaquismo, el uso de ciertas drogas y medicamentos, los trastornos alimenticios como la anorexia, el estrés y desórdenes hormonales asociados con la menstruación.

Actualmente, el tratamiento suele tener un buen pronóstico si se adopta un estilo de vida adecuado. Quienes padecen porfirias agudas pueden requerir inyecciones periódicas de hemina y de glucosa, así como llevar una dieta alta en carbohidratos, proteínas, hierro y suplementos vitamínicos.

Tanto el tratamiento como el diagnóstico requieren de procedimientos complejos y análisis clínicos de sangre, heces u orina. Por lo tanto, los casos de la antigüedad no pudieron ser diagnosticados, tratados ni comprendidos, pero sí es probable que fuesen explicados desde el conocimiento que, hasta el siglo XVII se tenía sobre la importancia fisiológica de la sangre, el cual hacía lógico pensar que beberla prolongaría la vida.

 

Referencia

 

 

.