SOMOS TAN HUMANOS COMO MICROBIOS

Todos los humanos estamos hechos de “carne y hueso”, como siempre nos lo han dicho. Entre esos componentes, existen células y microorganismos que no son visibles a simple vista, pero que nos ayudan a llevar a cabo procesos internos. Somos un holobionte con piernas, ya que tenemos un ecosistema dentro, donde viven distintas especies que realizan acciones benéficas y patógenas.

Entre estos mini seres que nos habitan, se encuentran los microbios. Sí, esos “bichitos” de los cuales te protegía tu mamá cuando eras más pequeño. Sin embargo, actualmente se ha descubierto que no son tan malvados como se pensaba, pues ayudan a realizar procesos en el cuerpo que son necesarios y tienen beneficios para nuestros organismo.

Estos microorganismos se denomina microbioma, los cuales aprovechan algunas de las sustancias que secretamos, como nutrientes, y nos ayuda a digerir parte de nuestra comida; también se alimentan de nuestra propia comida, e incluso combaten infecciones de otras bacterias y virus externos. Éstas se encuentran en pequeños pueblos construidos dentro de nosotros, los cuales se llaman microbiotas.

Los microbiotas son de suma importancia para el cuerpo, ya que ellos no viven sin nosotros, y nosotros no podríamos vivir sin ellos. Estamos en una relación de codependencia sana que no debería ser alterada.

El microbiota humano es gigantesco, pues se calcula que es igual a 10 a la 14, o sea, un 10 con 14 ceros, número equivalente al de nuestras células. Si hablamos de genes, es al menos 150 veces mayor los genes microbianos que los humanos. Esto quiere decir que SOMOS, CASI, MITAD HUMANOS Y MITAD MICROBIOS.

No te asustes, no debes fumigarte, lavarte de la cabeza a los pies 100 veces al día o tomar millones de medicamentos para erradicarlos, porque si lo haces puedes acarrear más males que beneficios.

En investigaciones recientes relacionadas con la lectura del genoma humano, se llegaron a varias conclusiones: la información genética no sólo se encuentra en el ADN, también los microbiomas transportan genes que se quedan en nuestros cuerpos. Por lo tanto, estos microorganismos han evolucionado junto con el ser humano y les hemos delegado procesos esenciales para el buen funcionamiento del organismo.

Existen nichos específicos, tanto internos como externos, donde se ubican los microbiomas. Por ejemplo: la boca, la superficie de los ojos, la piel, los pulmones, el intestino y los genitales.

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas, pues también la evolución de la raza humana, al no haberle puesto atención a estos seres microscópicos, ha desarrollado mecanismos que se creían provechosos para la salud. Los antibióticos son el claro ejemplo. Se sabe que sí nos ayudan a erradicar enfermedades que nos aquejan, pero también arrastran daños corporales.

No es gratuito que las mamás o abuelas nos hayan dicho alguna vez que tomáramos yogurt después de ingerir antibióticos. Ellas cuidaban nuestros “bichitos” sin saberlo, ya que estos, al mismo tiempo que eliminan bacterias malignas, afectan a las bacterias benéficas. Por eso, ingerir probióticos, como este lácteo, funciona para recuperar la flora intestinal.

Al comenzar a matar, de una u otra forma, parte del microbiota, se empezaban a desarrollar dysbiosis, alteraciones en el ecosistema de microorganismos, las cuales, al ser parte de la información genética de cada uno, también se pueden heredar.

Sin estar 100% comprobado, la alergia al gluten puede ser una secuela de esta masiva extinción de microorganismos. Hay microbios encargados de digerir el gluten, sin embargo, si se asesinan, se desarrolla un desbalance. Por lo tanto, el cuerpo pierde el equilibrio que había evolucionado junto con él desde el nacimiento.

Otros factores de desequilibrio han sido la cesárea y la mala alimentación a base de leche materna. El primero porque el recién nacido no obtiene los microbiomas que debería al salir en parto natural, sino que los consigue de los nichos externos, cosa no tan buena para el buen crecimiento. El segundo factor, la lactancia, podría afectar al bebé, pues si no es una leche materna saludable, no puede alimentarlo con las más de 700 especies de microbios que habitan en ella.

El microbioma maduro de un adulto se adquiere alrededor de los 3 años de edad y va variando durante toda la vida dependiendo de una serie de factores como el sexo, el índice de masa corporal , el consumo de la fibra que se encuentra en frutas y algunos vegetales, así como del nivel de actividad física[1].

Si en algún momento el déficit de microbiomas persiste, en los últimos años se han realizado trasplantes para reconstituir la biota sana del tracto gastrointestinal . Como lo escuchas, te insertan “bichitos” en cápsulas rellenas de excremento (especial para este procedimiento) para que estés sano.

Por eso se debe destacar la trascendencia de los microbios en los ecosistemas internos. Lo que se pretende realizar es la actualización de las facultades de medicina para olvidar la idea del cuerpo como se ha estudiado durante muchos años. Hay que prestar más atención a estos micro habitantes, pues son fundamentales en la maquinaria que pone en funcionamiento procesos vitales del cuerpo.

 

Con información del Dr. Alejandro Frank Hoeflich, Coordinador del Centro de Ciencias de la Complejidad, en conferencia magistral de la Feria del Libro de Ciencias de la Salud 2018, “Somos un bosque: el microbioma humano”.

Moreno del Castilloa, Valladares-Garcíaa, Halabe-Cheremb, Microbioma humano, Revista de la Facultad de Medicina, Vol. 61, n.o 6, Noviembre-Diciembre 2018. Disponible en: file:///Users/pamela/Downloads/art%2002_7_19.pdf

Moreno del Castilloa, Valladares-Garcíaa, Halabe-Cheremb, Microbioma humano, Revista de la Facultad de Medicina, Vol. 61, n.o 6, Noviembre-Diciembre 2018. Pág. 9

 

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